Sosa no solo cantaba, interpretaba. Cada letra salía con emoción, fuerza y actitud, conectando con el público como pocos. Su porte, muchas veces comparado con el de Gardel, lo convirtió en un ícono que cruzó fronteras y generaciones.
Hoy, casi un siglo después, su legado sigue vivo en cada bandoneón que suena y en cada pibe o piba que descubre que el tango también puede ser pasión, historia y rebeldía cultural.